
Hasta este día, casi ocho siglos después de su muerte, el mundo sigue encontrando inspiración en sus exquisitos versos. Resulta inevitable comprobar que revelan algún íntimo aspecto de nosotros mismos, que descubren algún anhelo secreto o que expresan perfectamente nuestros sentimientos más íntimamente guardados. Al captar el pulso espiritual de su época, Rumi ha abarcado todas las épocas. Al expresar el éxtasis de su corazón, ha conseguido tocar todos los corazones.
Rumi nació en 1207 en Balkh (ciudad del Afganistán actual), en la frontera Este del Imperio Persa. Balkh era un próspero centro de estudio islámico y una capital budista próxima a la ruta de la seda, donde tuvo lugar un rico intercambio de productos e ideas. Su padre, Baha Walad, fue un famoso erudito y un adepto sufi. En el año 1219, cuando las hordas mogolas de Gengis Kan se aproximaron a la ciudad, Baha Walad huyó a la zona oeste del imperio con su familia y sus discípulos. Tras nueve años de viaje, la familia de Rumi se dirigió al Imperio Seljuk (la Turquía actual) donde muchos teólogos, eruditos y artistas se refugiaron durante esta conflictiva época. Cuando el rey Seljuk supo de Baha Walad y de su familia, les invitó a instalarse en Konya, la capital.
El rey nombró a Baha Walad responsable de una madrasa (universidad) recién construida en el centro de la ciudad. Rumi, todavía bajo la tutela de su padre, continuó estudiando las disciplinas de su herencia. A los veinticuatro años era ya un reconocido maestro de gramática árabe, teología, astronomía y saber popular sufi. Unos años después de su llegada a Konya, Baha Walad murió y Rumi asumió el puesto de su padre como cabeza de la universidad. El brillante joven enseñó con gran pompa y talento, resolviendo los problemas más complejos y enigmáticos de la teología. Se convirtió en el guía espiritual de miles de discípulos, incluyendo al rey, y todos le llamaban Maulana: "nuestro maestro".